¿Cuándo nace Galicia?

Estos dos elementos, raza y tierra, unidos en una coyuntura histórica propicia a otros no menos importantes: aportación sueva, demarcación provincial romana, lucha de la Reconquista, rivalidad entre Braga y Santiago, etc., determinaron la constitución de un cuerpo popular, a las veces robusto y otras casi yerto, que se llamará Galicia. Porque lo cierto es que fue precisa la conjunción de tantas circunstancias y que con anterioridad a la ocasión de la Reconquista los organismos políticos o culturales allí existentes no tienen nada de común ni forman continuidad con el pueblo gallego. El celta, el celtarromano o el suevo, son eso, y solamente eso: celtas, romanos o suevos; carentes de lazos de solidaridad con el vecino, su presencia es la de la vecindad siempre en sordo y receloso acecho; fue el turbión arrollador de la morisma lo que creó en el yunque doloroso del peligro un sentimiento superador de las abismáticas barreras y la noción de una unidad cristiana y gallega anuladora de las diferencias de casta y condición.

Otra manera de ver las cosas es pura fantasía. Fantásticos eran los cronicones antiguos al sostener que Galicia fue fundada, así como pueblo aparte, desde el principio de los tiempos, nada menos que por Gomer, primogénito de Jafet y nieto de Noé, o que los frigios del Asia Menor derivan de los «brigyos» , a su vez colonia fundada y poblada por gente brigantina. Genealogías absurdas y ridículas, hasta el punto de haber libros que ya para la no muy adelantada crítica dieciochesca resultaban imposibles de tolerar, cual aquella crónica de Bernardo Hervella de Puga, intitulada Genealogía analítica de los antiguos régulos de Galicia, conservada manuscrita en la Real Academia de la Historia, y que en 17 de abril de 1769, esta docta corporación mandaba recoger y quemar, porque las deformidades y anacronismos que la enjoyaban eran de tanta gravedad que subían hasta atentar al decoro y prestigio nacionales.

Hablar de Galicia en tales tiempos es error de bulto, propio, a lo más, de poetas. Florencio Vaamonde tuvo que por glorias gallegas a Indortes e Istolacio, a aquel Briatio que combatió con Aníbal en Cannas,

e con él os fortísimos galegos
espanto dos romanos estrategos,

a los defensores desesperados del monte Medulio y a Requiario con su cohorte de suevos. Y a la autorizada pluma de Ramón Otero Pedrayo enumeraba como gallego a aquel Lucio Pompeyo Reburro, natural de Cigurros, hoy Valdeorras, que llegó a escalar puestos relativamente importantes en las milicias romanas. Pero en ninguno de ellos cabe hallar otra cosa que coincidencia geográfica o racial, que nacieron, lucharon o murieron en tierras de la actual Galicia; mas nada de conexión espiritual, de ese hilo conductor de pasiones que prende de corazón a corazón en la certidumbre de una comunidad de vida. Decir esas aseveraciones es cosa parecida a sustentar que un Séneca, criado en Roma, viviendo para la grandeza del Imperio, metido en itálicas intrigas y que para nada se acuerda de al ciudad nativa, sea un escritor español; porque para aquel entonces, ni Galicia ni España habían nacido todavía.

Los historiadores que hacen de celtas, romanos y suevos, etapas de la historia de Galicia, cuales el P. Felipe de la Gándara, Martínez de Padín, el dicho Vaamonde, Rodríguez González y Ramón Villar Ponte entre otros muchos, pecan de igual defecto, tomando por gallegas a gentes pertenecientes a muy distintos núcleos de integración cultural, a los hombres del amasijo prerromano animados de odio hacia el vecino con quienes viven en luchas permanentes; a los uncidos al yugo latino, mal avenidos y superficialmente ligados por la civilización que violentamente imponían cohortes y manípulos; o los rubios suevos, raza invasora y superpuesta, fundida luego con las anteriores sin dejar tras de sí huella ninguna de existencia de lengua o en derecho, ni más ni menos que los visigodos que la sucedían, ambas vencidas por la superioridad de los pueblos subyugados. Incluso el ensayo suevo de un Estado católico no es un ensayo gallego, sino el organismo creado por una estirpe conquistadora para asegurar frente a las próximas apetencias visigóticas el espacio que les correspondiera al reparto del botín peninsular (1). 

En todos estos momentos no hay Galicia, pero sí circunstancias que la preparan. Al lado de os dos factores metahistóricos y esenciales de la región geográfica y substratum celta, el suceder histórico ha ido añadiendo el círculo cultural formado por la coincidencia de fronteras entre la población que edificó los castros, la «Gallaetia» romana y la monarquía sueva, sin mayor importancia que una delimitación ocasional, pero que en lo futuro y a presencia del gran reactivo árabe, dará lugar a un núcleo occidental, del que han de nacer Galicia y Portugal en la Edad Media.

Francisco Elías de Tejada, «La tradición gallega», cap.1.3: Cuándo nace Galicia.

Notas:

(1) Consideramos, no obstante, que siendo la monarquía visigótica el elemento fundacional de España con la conversión de Recaredo durante el III Concilio toledano, el hecho de constituir en la demarcación romana de Gallaecia una monarquía católica sueva por parte de Requiario puede, de la misma forma, ser perfectamente fundamento para datar el nacimiento de Galicia como ente político cristiano; con el importante matiz de que la monarquía sueva ni solamente constituía el actual territorio de Galicia ni consolidó una estructura política asentada, lo que impide poder hablar propiamente de Galicia durante este período histórico, pero sí supone un factor decisivo en su posterior nacimiento como reino cristiano durante la Reconquista.

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