La peregrinación carlista a Roma (1876)

Es indudable que después de la guerra, y muy particularmente del cúmulo de traiciones y deserciones, el partido carlista había quedado muy quebrantado. La emigración, esta emigración carlista que despojaba a España de elementos que por su moralidad y laboriosidad iban a enriquecer a otros países, le restaba todavía fuerzas, aunque en su voluntario exilio escribieran una nueva página de lealtad. Porque, como ya hemos dicho antes, los carlistas emigrados se extendieron por todo el orbe, y así ocurre que cuando Don Carlos, años más tarde, visita la India, encontrara en Goa al capitán Moreno dirigiendo trabajos para la construcción del ferrocarril que se construía para unir la capital de la colonia portuguesa con la red anglo-india de ferrocarriles. Antes, el mismo Don Carlos, en la guerra de los Balcanes, hallará al frente de un escuadrón de caballería cargando contra los turcos, al comandante Madrid, que había pertenecido al Ejército Real del Centro. Los que no habían buscado tierras lejanas para su actividades civiles, habían también recorrido el mundo como misioneros, como el comandante de caballería don José de Gojeascoechea, que fué en Filipinas portador de la palabra de Dios, o el famoso cura Santa Cruz, que murió después de haber misionado entre los salvajes de Colombia. Si gloriosa sería la historia de la primera emigración carlista, ejemplar seria también si se escribiera la de la tercera.


Medalla conmemorativa de la peregrinación

Y los que estaban dispuestos a regresar a España, también lo hacían humildemente, que si Lerga sirvió de peón caminero, hemos conocido quién siendo capitán, pedía limosna en una puerta de una iglesia de Sevilla; el qué siendo comandante, trabajaba como mozo de cuerda en las Ramblas de Barcelona y el teniente vendiendo periódicos carlistas por la Puerta del Sol de Madrid. Y si todos procuraban que su lealtad carlista no fuese puesta en entredicho, también se preocupaban de su honor, y así en Bayona, el 18 de mayo de 1876, los miembros de la Diputación de Navarra, Fernández, Urra, Zabalza, Jaurrieta y Juanmartinena firmaban un escrito dando exacta y detallada cuenta de las inversiones de los tondos que habían manejado, "acreditando así su honrada gestión", dirá Pirala.

Pero como vemos, era necesario remover tantas lealtades heridas, tantos fervores defraudados y además era necesario oponerse a la extensión del mesticismo, que impulsado por Cánovas y teniendo por promotor a Pidal, amenazaba, con su catolicismo liberal, romper el valladar que contenta los avances revolucionarios. Para facilitar esta labor de la mesticería, prodigaban los gobiernos alfonsínos las invitaciones a los carlistas emigrados para que volvieran a la Patria. Nocedal vió el peligro que para los carlistas honrados representaba la insinuación y se dispuso a cortar de raíz tal empeño. Todavía no había aparecido La Fe, y el único periódico que había en Madrid era El Siglo Futuro. Con esta base y con la ayuda de los periódicos antiliberales de provincias, se organizó una peregrinación con el fin de llevar al Papa Pío IX el consuelo del amor de los católicos españoles. Bien es verdad que esta peregrinación acogió en su seno a elementos que no eran políticamente carlistas, pero las Juntas en general lo fueron totalmente, y le dió más carácter carlista el error cometido por el Gobierno de Cánovas del Castillo.

Fué un artículo de don Ramón Nocedal, publicado el 26 de mayo, el que lanzó la idea de lo que se llamó oficialmente la "Romería española". Apenas se había publicado esta invitación, los periódicos antiliberales La Cruz, La Crónica de León, La Lámpara del Santuario, la Revista de Santa Teresa de Jesús, La Revista Popular, de Barcelona, La Semana Católica, de Sevilla. El Porvenir, de Santiago, La Propaganda Católtca, de Palencia, El Anunciador, de Valencia, y algunos otros, respondieron rápidamente al llamamiento.

El 1 de octubre era la fecha señalada para la partida. De Madrid salieron los trenes atestados de peregrinos; del puerto de Barcelona, además de los que fueron por ferrocarril, embarcaron otros en los vapores Inmaculada Concepción· y Bourgogne; de Palma de Mallorca salió el vapor Lulio, y del Grao de Valencia el vapor Guadiana. Cuatro fueron las expediciones carlistas. Hubo para los expedicionarios de Madrid una pequeña detención en Lourdes. Los romeros llegaron a Roma el 13 de octubre. Se hacía ascender a 7.000 los que llegaron a la Ciudad Eterna. Allí fueron recibidos por los católicos con pruebas de afecto y cariño. El Circulo de los Intereses Católicos, que presidia el Marqués de Cavaletti, los recibió en sus salones del palacio Altieri, haciendo los honores el Cardenal Borromeo. La Juventud Católica les obsequió con veladas musicales en su residencia del palacio Altemps, desviviéndose los socios con su presidente Tolli, y también la aristocracia les atendió en el Círculo I chachi.

Los peregrinos fueron recibidos en la iglesia de San Pedro, en cuya nave del Mediodía, trente al Aula Conciliar, delante del altar de la Crucifixión de San Pedro, se r1abia levantado el trono pontificio. El Papa llegó acompañado del arzobispo de Granada, don Bienvenido Martín Monzón, del de Oviedo, don Benito Sanz y Forés, y el de Vich, don Colomer; del arzobispo de París, Cardenal Guibert; del arzobispo de Possen, desterrado de Alemania por Bismarck, Cardenal Ledochowski; el Cardenal Patrizi, vicario general de S.S.; el Cardenal Franchi, prefecto general de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide; el Cardenal Borromeo, prefecto de la Sagrada Congregación de la Fábrica de San Pedro, y otros prelados. El arzobispo de Granada, doctor Martín Monzón, dirigió un discurso a S.S., contestando Pío IX en italiano encareciendo las glorias religiosas de España, recomendando la unión de todos los católicos para hacer trente a los estragos de la impiedad.

Hubo además audiencias particulares. Una de las primeras fué 1a de los asturianos, presidida por el Prelado de Oviedo, doctor Sanz y Forés. Otra audiencia fué a los vizcaínos, a los que dijo estas palabras al verlos: Vizcaya, Vizcaya; que nada tema mientras conserve la fe de sus padres. También hubo audiencia para los sevillanos, que fueron presentados al Papa por el canónigo don Agustín Sánchez Torres. Los peregrinos de Castilla la Vieja fueron presentados por el deán de Astorga. Los catalanes tuvieron dos audiencias, una principalmente de la diócesis de Barcelona y la otra presidida por el obispo de Vich, doctor Colomer.

En una reunión celebrada el dia 15 en el palacio Altemps, don Ramón Nocedal pronunció un discurso, hablando de la romería y de la organización católica de España. Al hacerlo, hacía notar que esta organización debía ser como era la romería, católica, exclusivamente católica y completamente católica. En su discursó explicó lo que en realidad fijaba el "Syllabus". En su consecuencia, el 24 de octubre hubo la audiencia de despedida, recibiendo Su Santidad a Nocedal, quien le entregó un mensaje en que se hacia constar que habían determinado unirse para fundar obras católicas de caridad, piedad, enseñanza y todas las demás establecidas en otros países, y "ayudar todas las fuerzas católicas para propagar y mantener la fe, teniendo por guía vuestra voz infalible, y por bandera el "Syllabus", sin interpretaciones hipócritas ni tergiversaciones malévolas".
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Más tarde, como veremos, estas interpretaciones hipócritas causaron graves disensiones entre los carlistas, y hasta algunos salieron de sus filas.

Pasemos ahora a los incidentes que fueron causa principal de que esta manifestación tuviera un carácter político predominante. Pirala escribe que "formada aquella legión de romeros con elementos rurales, en su mayor parte carlistas, ofreció en la capital del mundo católico ejemplos poco edificantes por la intransigencia de sus sentimientos ultramontanos y por la incultura de sus formas". Parece ser que los romeros hicieron demostración externa de sus sentimientos por la cautividad del Papa, y que se dieron hasta gritos de ¡viva el Papa Rey! Es natural que esto ofuscara a los que, como Pirala, ahora alfonsino, antes había sido secretario del intruso don Amadeo. Pero si justificaba que el Gobierno italiano se sintiera dolorido, para nada tenía que intervenir el Gobierno español, que no había patrocinado la peregrinación. Pero Cánovas, que no era lo ecuánime que han pretendido sus apologistas, ni tampoco podía ocultar su odio al carlismo, intervino, dando entonces el matiz político que Nocedal no había pretendido darle. Lo mejor es comenzar recogiendo la falsedad escrita por Pirala: "Pero corno la rudeza de formas de una de las comisiones directivas de la peregrinación llegase hasta el punto de impedir la entrada en el Vaticano al ministro del Rey de España, señor Coello y Quesada, el día de la recepción general y como el arzobispo de Granada, jefe superior de la piadosa romería, pronunciara en su discurso al Papa frases poco prudentes respecto al poder temporal de la Santa Sede que el Gobierno italiano encontró peligrosas y sobre las cuales hizo alguna advertencia diplomática al Gobierno español, éste consideró oportuno impedir la vuelta a España al prelado y a la comisión referida, ínterin no se presentara a su representante en Roma a dar cumplidas y satisfactorias explicaciones''. Y dejemos aparte las volterianas palabras con que termina el ahora alfonsino Pirala: "Entre tanto regresaron los romeros a la madre Patria en regular desbandada y faltos de aquella dirección de itinerario que a Roma les condujo, como ovejas predilectas del rebaño del Señor".

El incidente ocurrido con Coello y Quesada se redujo a lo siguiente: Por primera vez, la importancia de la romería obligaba a que no pudiera ser recibida totalmente en las habitaciones del Vaticano y se dispuso que la recepción general se haría en la iglesia de San Pedro, pero sólo podrían asistir los romeros, que entrarían por la llamada Puerta de Bronce, del Vaticano, en que se hallaría apostada la guardia suiza, puerta que da paso al atrio del templo. El camarero mayor de S.S., monseñor Luis Macchi, llamó a los presidentes de los centros diocesanos para ponerse de acuerdo sobre la recepción, por lo que se reunió con ellos en las habitaciones que ocupaba el acaudalado jerezano don Rafael Rivero en el Albergue de Roma, en la plaza de la Minerva. En esta reunión monseñor Macchi manifestó el deseo de S.S. de que la entrada en San Pedro quedaría encomendada a los romeros, pero con la especial consigna de que no habían de asistir a la recepción más qµe los españoles peregrinos, inscritos como tales en los centros diocesanos. A este fin se entregarían anticipadamente volantes con el título: "Peregrinación española". Pero ocurrió que, a las veinticuatro horas, se hablan falsificados volantes, que se vendían públicamente por Roma. Para atajar la intromisión de gente extraña, se ideó que en el término de la extensa galería y ante la puerta de comunicación del templo con el Vaticano, se situarían los representantes de los centros diocesanos, con el fin de reconocer a los romeros e identificarlos. No era tarea fácil, ya que la romería ascendía de siete a ocho mil personas.

Hubo quienes, sin embargo, intentaron penetrar al amparo de los falsos volantes, como un empleado de la Embajada española cerca del Quirinal, que pretendía hacerse pasar por gaditano y que fué rechazado por un delegado del Centro de Cádiz.

Esto demuestra que no hubo tacto en la representación alfonsina en la Roma italiana. Pero lo agravó el Conde de Coello de Portugal, quien siendo embajador en el Quirinal no tenían ninguna cualidad para entrar en el Vaticano. El diplomático alfonsino, utilizando un volante, no sabemos si legitimo o falsificado, pasó la Puerta de Bronce, donde estaba la guardia suiza, pero no pudiendo demostrar su inscripción en la romería, fué rechazado, no sin protestas, pero se retiró cuando vió llegar a Nocedal. Esto es a lo que llama Pirala haber impedido entrar en el Vaticano al ministro del Rey de España, sin haber hecho notar antes que no estaba acreditado ante la Santa Sede. Coello de Portugal reclamó inmediatamente al Gobierno de Madrid, y alegando que el arzobispo de Granada no le había hecho la visita de atención, se consideraba ofendido. Cánovas sacó lo que vulgarmente se dice, la cosa de casillas, y telegrafió al cónsul de España en Génova, que lo era don Miguel Jordán y Lloréns, para que en el vapor donde iba el arzobispo, se le comunicara a éste que por orden de Alfonso XII debía volver a Roma para dar excusas al Conde de Coello de Portugal, y en el caso de que no lo hiciera, no le permitirían entrar en España, ya que se consideraba como una ofensa personal inferida al Rey liberal. También quedaban sancionados don Ramón Nocedal, don Ventura Camacho, de la Junta de Madrid; el sacerdote gaditano don José M.ª León y Donúnguez; don Luis Roca, del Centro diocesano de Lérida, y don Vicente Orti y Escolano, que iba además como corresponsal del periódico "La España Católica", que refirió la verdad de todo lo ocurrido.

Aunque para mentira, la España alfonsina llegó a tomar represalias en los mismos romeros. Así en la aduana de Irún fueron objeto de las mayores vejaciones. Registrándose a los romeros, sin respetar sexo ni calidad, secuestrando los objetos que llevaban, sin tener en cuenta que en su mayor parte eran rosarios, medallas y otros objetos religiosos, que habían salido de España con el solo fin de que fueran bendecidos por Pío IX. Después, ya hubo un poco más de flexibilidad, pues se contentaron con hacer pagar exorbitantes derechos de aduana. En fin, el arzobispo de Granada regresó a España el 10 de noviembre, y se levantó la orden del destierro contra Nocedal, León y Domínguez, Camacho, Roca y Orti.

Pudo influir mucho en ello el embajador en el Vaticano, don Francisco de Cárdenas, quien debió, a nuestro entender, informar que el arzobispo de Granada le había visitado a él, que era el acreditado ante la Santa Sede. Cárdenas no quiso dar la campanada como Coello de Portugal. Y aunque tenía franca la entrada en la recepción como embajador de España, no quiso hacerlo en -calidad de tal, sino
que se inscribió como romero y como romero estuvo en la recepción. Si la peregrinación a Roma fué un éxito para "El Siglo Futuro", y si este éxito tomó carácter político por causa de la intemperancia de Coello de Portugal y la ligereza  y malhumor de Cánovas, no dejaron los alfonsinos de tomar buena nota de ello para el porvenir.

Fuente: Melchor Ferrer, «Historia del tradicionalismo español», Tomo XXVIII volumen I, págs. 13 y ss.

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