La Monarquía y sus atributos (cristiana, personal) I

La Monarquía cristiana, nacida de un acto de adoración en el portal de Belén al Rey de los Reyes, postrado en trono de míseras pajas para que la humildad y la autoridad marchasen siempre juntas como una virtud sirviendo de pedestal a un derecho; ungida con sangre divina en el calvario y orlada con diadema de espinas, símbolo de las asperezas del deber que recuerda a los reyes que la suprema investidura del mando antes es carga que galardón, creció embellecida con la palma del martirio bajo la tiara de los Pontífices y abrazada con el dolor de las catacumbas y con la gloria en el circo; vió centellear en los cielos su enseña y su blasón en el Cruz de Constantino; bajó reverente la cabeza con Teodosio ante las amonestaciones del Obispo de Milan; y cuando Roma fué despedazada por el hacha de los bárbaros y aventadas sus cenizas por todos los dominios del Imperio, y a la voz divina cesaron las tempestades y se serenaron los horizontes, la Historia al amparo de la Iglesia, volvió a empezar con una nueva creación y todas las instituciones se renovaron, bañándose en el Jordán de la gracia, en el frente de un rey español, el suevo Requiario y, limpia de la mancha del pecado la barbarie por las aguas bautismales, apareció otra vez, antes que en las sienes de Clodoveo, la corona de las monarquías cristianas, abrillantada más tarde por Carlomagno y por Alfredo, sublimada por Pelayo y
Alfonso el Grande, orlada con laureles inmortales por Sancho el Fuerte, Pedro III y Don Jaime, llegada a la plenitud de sus esplendores al convertirse, en ese siglo caballeresco, el más espiritual de los siglos cristianos, en aureola de santos, como en Isabel de Hungría, Luis de Francia y Fernando de Castilla; y aunque las escorias paganas la cubran de muchos puntos, trocando las diademas de la humanidad en argolla de servidumbre, todavía, al despuntar la Edad Moderna, aparece radiante como una alborada en los reyes católicos, y en Carlos I y Felipe II, luchando contra protestantes y turcos; y de tal manera que ensancha el círculo que ella abarca, que el sol mismo no puede mandar sus rayos a la tierra sin hacerlos antes pasar por el aro de aquella corona que pareció en momento el ecuador del planeta y con eclipses y fulgores, arrojada al cesto de la guillotina con la cabeza de Luis XVI, rodando ensangrentada entre las piedras de las barricadas, o ametrallada por los cañones en días de paroxismo y de locura, será siempre, como decía Saavedra Fajardo, "esfera de la majestad y cetro de la justicia", y el único emblema de la autoridad que pueden llevar en la cabeza del Estado los pueblos verdaderamente libres.


Que puede la fiebre revolucionaria apoderarse del alma y del cuerpo social y suscitarse en la mente alucinaciones engañosas y en la voluntad subyugada apetitos rebeldes; pero encima del diluvio de error flotará triunfante el arca santa de la Iglesia, llevando a salvo todos los grandes principios de la civilización, y, por lo tanto, la monarquía cristiana, por cuyo ministerio se estableció en Europa y extendió por el mundo. Levántense airados los sofismas y tributos invirtiendo el cesarismo pagano en los términos y colocando en la colectividad, por derecho inalienable, lo que aquel fijaba como potestad inherente en la persona del César, y siempre sucederá que, con la soberanía del pueblo y la soberanía del César, la tiranía habrá cambiado de nombre y de lugar; pero, si cambia de naturaleza con la privanza de cortesanos corrompidos que vinculan en su capricho la voluntad del soberano, o representantes que suplantan con la suya propia la supuesta voluntad del pueblo, siempre el despotismo de arriba a abajo o de abajo a arriba hará gemir el derecho bajo su planta de hierro.

Por eso, cuando la fiebre pasa y las aguas recobran su nivel y se encierran en el primitivo cauce, la Monarquía cristiana vuelve a surgir en los arenales revolucionarios como el verde oasis bajo cuya fronda opulenta renueven la fuerza quebrantada y la salud marchita las víctimas que logran sobrevivir del simoun y la tormenta.

Juan Vázquez de Mella (El Correo Español, 6 de enero de 1894). 

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